“Aguamaniles” de Txaro Arrazola

Exposición de pintura “Aguamaniles” de la artista Txaro Arrazola.

AGUAMANILES
Mantengo en general dos líneas de trabajo que simplificando puedo situar en dos polos: el yo y el mundo. El primero de ellos lo formalizo por medio de telas, instalaciones, lo táctil, lo escultórico, lo tecnológico…El segundo está dominado por la imagen y las dos dimensiones. Estas obras pertenecen al primero, que es híbrido y a veces se formaliza en instalaciones y obras tridimensionales con un tratamiento que retoma la tela y la costura como reivindicación de un trabajo ancestral desprovisto de reconocimiento y adscrito al ámbito de lo femenino, lo privado y lo lento.
Ciertas corrientes filosóficas a lo largo de la historia definen la capacidad de procrear de las mujeres como simple contenedor. Esta idea es fruto de una lógica binaria que distingue dos sexos, masculino y femenino como extremos opuestos de una jerarquía que sitúa a uno de los dos sexos sobre el otro. Esta ideología sesgada acerca del sexo femenino se acompaña de discursos que devalúan el papel de las mujeres, también el de la concepción. Aristóteles, por ejemplo, sostenía que las mujeres eran meros recipientes para el semen masculino.
En el último año he estado investigando sobre el fenómeno de los vientres de alquiler, también llamado gestación subrogada.
Es evidente que la subrogación es explotación. Según Kajsa Ekis Ekman en artículopublicado en The Guardian en febrero de 2016: Si ningún país permite la venta de seres humanos, entonces ¿por qué la maternidad subrogada sigue siendo legal? Incluso cuando es ‘altruista’, hay un precio que pagar.

Desde que comenzó la industria de la subrogación comercial, a fines de la década de 1970, ha estado llena de escándalos, explotación y abusos. Desde el infame caso “Baby M”, en el que la madre cambió de opinión y fue obligada a entregar a su bebé, al caso del multimillonario japonés que encargó 16 niños en diferentes clínicas tailandesas. Elegir raza, color de ojos… y pagar luego para conseguir un hijo o hija es una mercantilización total de la vida humana. Hay un caso reciente de una madre sustituta estadounidense que murió y otro de unos futuros padres que se negaron a aceptar a un niño discapacitado e intentaron hacer abortar a su madre sustituta, por no hablar de las fábricas de bebés en Asia.

A primeros de febrero 2016, se reunieron en París activistas feministas y de derechos humanos de todo el mundo para firmar una carta contra la maternidad de alquiler y el Parlamento Europeo también ha pedido a los estados de la unión que la prohíban.
Las principales objeciones a esto provienen de personas que intentan ser padres, y aducen que si una mujer quiere ser una madre sustituta, seguramente es un error evitar que lo haga. Es revelador que pocas mujeres lamente esta oportunidad perdida. Al fin y al cabo, es la demanda la que alimenta esta industria: un mercado amañado que termina en unos vientres de alquiler reales.
La subrogación puede haber estado rodeada por un aura de felicidad al estilo de Elton John, con sus preciosos recién nacidos y su idea de familia moderna, pero detrás de eso hay una industria que compra-venta de vidas humanas donde los bebés están hechos a medida para adaptarse a los deseos de los ricos del mundo, y donde una madre no es nada, se le priva incluso del derecho a ser llamada “mamá”, y el cliente lo es todo. Occidente comenzó a externalizar la reproducción a las naciones más pobres, al igual que anteriormente se subcontrató la producción industrial. Es sorprendente ver cuán rápido se puede ignorar por completo la convención de la ONU sobre los derechos del niño. Ningún país permite la venta de seres humanos, sin embargo, ¿a quién le importa, siempre y cuando nos muestren bonitas imágenes de personas famosas y sus recién nacidos?
Para librar a la subrogación de acusaciones como esta, algunos mencionan la supuesta subrogación “altruista”: si no se le paga a la madre, no hay explotación…tal vez lo esté haciendo por generosidad, por una amiga, una hija o una hermana. La investigación refuta este argumento porque no hay pruebas de que la legalización de la subrogación “altruista” elimine a la industria comercial. La experiencia internacional muestra lo contrario: los ciudadanos de países como los EE. UU. o Gran Bretaña, donde la práctica de la subrogación está bastante generalizada, tienden a dominar entre los compradores extranjeros en India y Nepal. La investigación también dice que hay evidencia de que a las madres sustitutas se les paga bajo cuerda, como es el caso en Gran Bretaña. La investigación dice que no se puede esperar que una mujer renuncie a sus derechos a un bebé que ni siquiera ha visto o que no ha conocido aún, porque esto en sí mismo ya denota una presión indebida.
Un bebé nunca debe convertirse en un “producto defectuoso” si la subrogación no sale según el plan. En cualquier caso, la noción de subrogación “altruista”, además de ser una cortina de humo ya que en realidad apenas sucede, tiene un fundamento ideológico muy extraño. Como si la explotación solo consistiera en dar dinero a la mujer. En ese caso, cuanto menos se le pague, menos será explotada. En realidad, la subrogación “altruista” significa que una mujer pasa por exactamente lo mismo que en una subrogación comercial, pero no obtiene nada a cambio. Exige que la mujer cargue a un niño durante nueve meses y luego lo regale. Una mujer que ha de cambiar sus hábitos y arriesgarse a la infertilidad, a una serie de problemas relacionados con el embarazo e incluso a la muerte. Se le sigue utilizando como un recipiente, aunque se diga que es un ángel. Lo único que obtiene es el halo de altruismo, que es un precio muy bajo por el esfuerzo realizado y solo puede ser atractivo en una sociedad donde las mujeres son valoradas por cuánto sacrifican, no por lo que logran.
A pesar de todo, estas obras son autónomas, en ellas se esconden mis sentimientos porque nunca establezco una separación entre arte y vida y mi hacer fluye desde lo más profundo de mi psique, así que hago cosas y os invito a que veáis lo que queráis o lo que os sirva.

Vitoria-Gasteiz, 17 de enero de 2018
Txaro Arrazola